Hace unos meses, releyendo el “Evangelio Según Jesucristo”, encontré una pequeña semejanza entre Saramago y Borges, y me llamó mucho la atención, porque no me la esperaba.
El uno y el otro dibujan con cuidado la postura del hombre inerme ante la tragedia. El hombre que no solo es débil, sino que se vuelve estúpido y sufre el escarnio de no poder combatirla. Emma Zunz revive el suicidio de su padre una y otra vez; “Es ya lo único que sucederá hasta la consumación del tiempo”. José, el padre de Jesús, tiene todas las noches la pesadilla cíclica de la matanza de los inocentes. Para conjurar esta monstruosa e infinita reproducción del horror, Emma sacrifica su inocencia a un ser odioso y extranjero, en un lecho vil, en un puerto que se abre a un mar inimaginable. Su sacrificio se equilibra con la sangre del culpable y compensa de algún modo la negra oquedad que ha dejado el suicidio de Emmanuel Zunz, otro inocente. José, por su parte, busca su propia muerte en el auxilio inútil a un vecino al que no aprecia demasiado, herido en la guerrilla galilea contra las tropas de Augusto. Cuando, después de haberle crucificado, el soldado romano le parte las tibias con una barra de hierro José encuentra el fin de las pesadillas, el fin de las preguntas. No se ha de interrogar a la tragedia cuando uno se sumerge en ella. Ese trueque que le proponen tantos personajes de Borges a la divinidad para enmendar un fracaso, una desventura o una humillación es el mismo trueque que el hijo le propone al padre antes de morir en la cruz, un momento de lucidez, cuando ya no hay que hacer más preguntas porque el destino se vuelve inteligible, el tormento de un inocente como precio de la iniquidad que los hombres han acumulado sobre sus espaldas, el trueque entre un duelo a muerte en la pampa crepuscular y la muerte lenta y odiosa en la cama de un hospital, el trueque entre la vieja cobardía en la carga de Junín y la valentía a la hora de la muerte real, muchos años más tarde, aunque sea una valentía imaginaria. Borges no cree, diga lo que diga, en el infinito ni en la infinitud, cree que hay un numero cerrado de destinos, si no se elige uno de ellos se muere en el vacío, como si no se hubiera existido. El inmortal no puede elegir, ha de aceptarlos todos, por ello la inmortalidad es una maldición. El infinito de los matemáticos es inconcebible para el hombre. La muerte del crucificado marca el fin de los tiempos y su nacimiento, el principio
martes, 8 de abril de 2008
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